¡VIVA MÉXICO, CON CHAVEZ!
Por CARLOS RIVERO
Apenas los asistentes a la arena del Palenque de la Feria de Tepic se acomodaban en sus asientos cuando ya Julio César Chávez Carrasco había explotado la dinamita de sus puños en la quijada del estadounidense Jason Lehoullier y en tan sólo dos minutos y 44 segundos del primer asalto, el hijo del César del Boxeo demostró, aunque parezca increíble, sus dotes de buen boxeador.
Creo que en sus 41 peleas de boxeador profesional, con 30 victorias por nocaut, 10 por puntos y un empate se le vio más que en todos sus combates.
Es muy simple, se le vio figura de boxeador. Se le vio desarrollando sus virtudes, como aplicar su largo jab gracias a su estatura, pero también que le falta regresar de inmediato esa mano izquierda, porque antes de dar el golpe para la caída de Lehoullier recibió un impacto de derecha que estalló como dinamita pura en la mandíbula de Julio César.
El golpe estremeció no sólo la mandíbula de Julio César Chávez Carrasco, sino hasta su propio padre que estaba ahí a la orilla del cuadrilátero y seguramente también a mucho público que se dio cuenta, pero fue tan relampagueante el golpe como la misma respuesta del júnior, que ahí dio cuenta que heredó una buena parte de esa mandíbula de acero que tuvo su padre, el tres veces campeón del mundo en tres diferentes categorías (superpluma, ligero y superligero).
El golpe de derecha entró pleno a la quijada de Julio César, quien estaba sólidamente parado sobre el cuadrilátero, lo llegó a mover, pero la respuesta de gancho de izquierda fue casi letal. Porque se combinaron dos fuerzas: de acción y reacción. Julio golpeó cuando su rival entraba con su derecha y la potencia del golpe, al menos, se duplicó.
Lo demás era cosa de tiempo. Julio César sabía que Lehoullier estaba herido y sacó ese instinto que debe tener todo boxeador, ese tigre que todo púgil debe llevar dentro. Aprovechar que el adversario esta dañado para darle la puntilla y si me permiten y el réferi Rubén Carrión hasta se tardó algunos segundos en detener la contienda.
Dicen algunos comentaristas que les hubiera gustado ver más en acción a Julio César hijo. Pueden pasar 10 o 12 rounds o más y nunca van apreciar los adelantos del hijo del César del Boxeo, porque en 2 minutos 44 segundos del primer asalto, el primogénito de Chávez González enseñó más que casi todos sus combates.
Todos sus progresos y alcances se verán contra el nicaragüense Ricardo Mayorga, ex campeón mundial superwelter en pelea a celebrarse en Nueva Cork. Luego vendrán las grandes bolsas y ojala su padre, Julio César Chávez González logre quitarle de encima todos esos falsos aduladores que tiene a su lado, él ya lo vivió. Esas rémoras hacen daño.
CRISTIAN MIJARES
Decían los que no tienen memoria que Cristian Mijares era el mejor campeón mundial supermosca mexicano y se olvidaron que existió Gilberto Román, dos veces campeón de la categoría peleando y exponiendo la corona casi siempre en casa de los retadores. Basta recordar que fue a Japón para vencer al entonces invencible Jiro Watanabe, el 30 de marzo de 1986 para arrebatarla la corona teniendo como manager a Ignacio Beristáin Rocha y de representante a la Cobra Mendoza. Años más tarde, Román falleció en un accidente automovilístico en la carretera México-Acapulco muy cerca de Chilpancingo el 26 de junio de 1990.
Viene al caso, porque el zurdo Mijares cayó nuevamente con el venezolano Nehomar Zermeño y esta vez con más contundencia en combate celebrado en Monterrey.
Mijares es un peleador con atributos, pero no más allá de lo que hicieron creer. Esta vez sus dirigentes y entre ellos, Ignacio Huizar, quien ha dirigido ya a muchos campeones del mundo, se equivocó con una revancha inmediata de Mijares contra Zermeño.
Los resultados están a la vista… (riverogonzalez2001@yahoo.com.mx)














